7/1/14

Mañana en El Rosario


Hablando del incendio en Sierra de la Ventana mamá se empieza a acordar de cuando era chiquita y se empezó a incendiar El Rosario. Una penumbra roja y gigante allá a lo lejos. Le digo que al final el abuelo murió y mis hermanas y yo nunca pudimos conocer ese lugar.
¿Cuándo vamos?
Mañana.
Partimos: abuela, madre, Guillermina y yo. Dos termos de agua caliente, yerba sin palo y reposera.


Hago un mapa del camino, con el detalle que el serrucho me permite.

En el medio de la nada, mamá señala donde estaba el bar del bisabuelo, El Caldén .
Desde el camino no vemos nada, ni vestigio. Entonces bajamos a buscar huellas.

Obviamente no estaba errada. Entre el matorral encontramos el piso del bar.


"Tu bisabuelo, que era muy mal tipo, había enviudado hace poco. Tenía al abuelo y a sus hermanos muy chiquitos. El abuelo tenía 5 años.
Probablemente en esta parte del bar era donde lo mandaba a cantar "El huerfanito" a cambio de monedas de los parroquianos. De viejo todavía la cantaba"
Me llevé esta petaquita de recuerdo y la vista de los caldenes. Guillermina en su libreta se anotó la palabra "caldén" para tener una hermosa sobra el día que tenga un patio.

Todavía quedan pedacitos del cartel de la casa de Quinque Balbarrey, yendo para "La sin pensar". La abuela empieza a contar que Liliana tenía un león de mascota, que era re mansito pero que la asustaba cómo se tiraba de los árboles. Mi abuela es la Edward Bloom de las pampas, así que factiblemente era otro tipo de felino, pero nadie la corrige porque nos gusta pensar en el león ahí, corriendo atrás de Liliana, corriendo fuertísimo, como cuando sentís los chicotazos de los pastos en los tobillos.

Justo en la entrada a El Rosario mi hermana descubre que le volvió a crecer "Esnerto", un pelo largo que le nace en el brazo. Cualquiera poner esta foto pero ella se puso como loca y decía "miren quién volviooo???" Y bueno, me pidió foto.
Click!

"En esa alameda parábamos con el abuelo a descansar cuando veníamos solos y hacía calor. Yo tendría 8 años. Tirábamos una manta. Yo me devoraba el festín que traía para ese oasis: una fanta de vidrio y una banana, capaz, un chocolate"

Llegamos. Mamá cuenta cosas, la abuela se emociona. Nos atiende un matrimonio re jovencito que ahora vive ahí. Mi madre empieza a contarle, medio que le da vergüenza decir que no vinimos a nada, a ver, a contarnos cosas, a tomar mate a la sombrita de ese lugar con aire rico.
Las niñas de la casa dejaron en el pórtico un balde de agua y pasto. Los reyes magos llegaron de madrugada. Decenas de jaulas con pajaritos de colores y celulares pendiendo de un rincón con señal.
Olor a eucaliptos.

El capataz se engancha en los cuentos de mamá, que abandonó la timidez y ante la amabilidad de los anfitriones ya camina ligero por dentro de la casa, metiéndose en las habitaciones, interrumpiendo los cuentos con "permiso, acá era...".
Hace ademanes, señala la pared, el piso, explica, se ríe. Todo junto.
La abuela no deja de mirar esos recados y nos dice: acá es donde murió el tío Lelé. Había un banco de madera. Venía de ese molino y le dio un tirón en el brazo. "Infarto" dice el capatáz. "52 años" dice mi abuela.
" Chueco, mi marido, lo subió como pudo al jeep y lo llevó al pueblo, pero llegó muerto. Lo atendió el doctor Roncero, un amor de Dios ese doctor".

"Por allá atrás dormía Don Góngora, ¡Cómo tocaba el acordeón! Le decían "el leonero" y, entre pieza y pieza, se tocaba la barba"

"Una vez, en un campo más allá, "La Sin Pensar", yo era jovencita, recién casada. Abro la ventana y !!!! un guanaquito, precioso! ¿Hay guanacos acá todavía?
- No señora, antes había mucho guanaco, ya no quedan"

Todavía se lee
"El Rosario"
La abuela Sarita cuenta que Doña Rosario (mamá de una niña que se llamaba Rosarina) era la patrona.

Acá se rellenaba con tierra, se pisaba, se regaba bien para que quede lindo y se hacían los bailes.


Pisos que todavía quedan, tienen 110 años.

Después de discutir si era chañar o piquillín, bajamos a probar. Si es dulce y colorada como una cerecita es piquillín. Si es fea es chañar. Apostamos. Yo gano la apuesta pero me llevo el sabor amargo.

Ana, Guille y Sarita, a puro picnic

Abajo de esa tranquera, cuenta mamá, durante la dictadura, vinimos con tío Ángel y papá y enterramos varias cosas. "Nos dio tanto julepe que no las volvimos a desenterrar más" "Había un libro y un winchester. Nos habían dicho que venían los militares"

Se termina el viaje. Es mediodía. La abuela se anima a decir "qué bien que me animé a venir antes de morirme, qué felicidad"

2 comentarios:

Ana Miravalles dijo...

Qué placer leer todo esto, qué hermosas las fotos y esta historia. Un beso

Sil dijo...

qué viaje tan emotivo!!! amé cada foto!! todas lindas, cargadas de sentimientos, en especial la de tu abuela, en la que aparece su mano con el anillo, me hace acordar a las manos de mi abuela, de mucho trabajo y sacrificio, ella todavía a los 81 años sigue haciendo cosas dulces para nietos y bisnietos, besos!