20/2/13


Una dueña de hostel venezolana cuarentona que podría ser Angie Cepeda y romperla en el desfile de llamadas. Su onda, su pelo bucleado, su simpatía.
Dos chinos neoyorquinos que vivían hace 3 meses haciendo el análisis para instalar una rotisería en Montevideo.
El pseudo Devendra Banhart hijo de una peruana y un uruguayo dedicando su estadía paga a traducir a los chinos. Sus dos trencitas extensísimas.
Yasmín, la bebé de los chinos estrenando juguetes occidentales.
El veterano canadiense con cáncer que fue a morir a otro país.
Sandra, la embarazada sensible que me veía llorar y lloraba.
El uruguayo taxista que vive hace 20 años en el hostel por amor a la ciudad vieja.
Kynga, la rubia recepcionista practicante alemana con sangre argentina que aprendió el español diciendo mina, che, forro y obvio.
Andar en bicicleta por Gonzalo Ramirez escuchando Gilda a todo volumen con Lucía.
Pedirle a Iemanjá encarecidamente que me anule los deseos del año pasado, sentirme Penélope Cruz en esa película, dejarle unos aritos dorados y una vela prendida, pedirle por mis amigos, mi familia y ante todo por el bebé de Sandra, que es tan sensible. Pedirle por el bebé que quizás sea la bebé y lleve mi nombre, porque Sandra dice que nunca vio llorar a nadie tan sentidamente como a mí el día que vi a Wilma y me dio los primeros jazmines de la planta, un delicioso dulce de higo, mis pertenencias de ex novia y tres macetas pequeñas para cactus.
Ir un en colectivo y ver por la ventanilla a Gonzalo.
Pasear por una librería montevideana y ver mi libro.
Gustar de todos los murgueros de una sola murga.
Gustar de todas las murgas, de todos los tablados.
Gustar de andar en bici sin rumbo.
Comprar lillos raros.
Despertar noctilucas en la orilla del Polonio.
Bailar con los hombros en las llamadas.
Tomar una cervecita en La Tortuguita.
Recorrer Tristán Narvaja.
Leer en la arena un libro de Fogwill que transcurre en el Uruguay.
Reírme hasta el cansancio con Jimena.
Comer buñuelos de algas en una playa.
Creerme nacida en Montevideo.
Decir: tá. bo, ahivá.
Revisitar de manera distinta un lugar al que indefectiblemente debo volver, por amor, por pertenencia, por instinto. En ese orden.




4 comentarios:

Anónimo dijo...

lo primero que se me vino a la cabeza cuando lo leí. beso saladito de lágrima, lucas.-

Llorar a lágrima viva

Llorar a chorros.
Llorar la digestión.
Llorar el sueño.
Llorar ante las puertas y los puertos.
Llorar de amabilidad y de amarillo.

Abrir las canillas,
las compuertas del llanto.
Empaparnos el alma,
la camiseta.
Inundar las veredas y los paseos,
y salvarnos, a nado, de nuestro llanto.

Asistir a los cursos de antropología,
llorando.
Festejar los cumpleaños familiares,
llorando.
Atravesar el África,
llorando.

Llorar como un cacuy,
como un cocodrilo...
si es verdad
que los cacuyes y los cocodrilos
no dejan nunca de llorar.


Llorarlo todo,
pero llorarlo bien.
Llorarlo con la nariz,
con las rodillas.
Llorarlo por el ombligo,
por la boca.

Llorar de amor,
de hastío,
de alegría.
Llorar de frac,
de flato, de flacura.
Llorar improvisando,
de memoria.
¡Llorar todo el insomnio y todo el día!

Oliverio Girondo

Melinda Depetris dijo...

me pones la piel como la de un pollito amarillo con frío de emoción, foncita. y eso, siempre siempre se agradece.

Anónimo dijo...

¡Qué suerte que volviste! ¡otra vez el placer de leerte y de reencontrarme en tus escrituras!
Besitos!
Julieta

alfonsina dijo...

:)
gracias por tomarse la molestia de comentar, me pone re contenta que pasen por acá. Gracias por las cosas lindas.
Beso grande