10/12/14

riverplei

Nos adornamos la ropa de rojo y blanco casi en el último minuto de partido. Yo tenía 9 años y gustaba terriblemente de Lavallén. Estábamos felices y se escuchaban los primeros bocinazos. Mamá, Julieta y yo nos pusimos remera blanca y una franja tipo reinas de papel crepe rojo. Papá, la camiseta y Guille, que era muy chiquita, se puso un pañuelo con el escudo que le quedaba como un vestido.
Salimos en procesión caravanezca por el pueblo, se usaba. Pasamos por lo de los más conocidos hinchas de Boca de Burato y tocamos más bocina todavía. Gozamos esa deliciosa e ingenua maldad. Papá me dejó sentarme en la ventanilla de mi puerta lo que me permitió ir saludando conocidos y agitar un banderín viejísimo.
Estacionamos todos enfrente a la plaza y nos bajamos. Todos cantábamos, gritábamos, nos abrazábamos. Unos que estaban en el bar Carrousell la agarraron a la Guille y dijeron: "tan chiquita y tan inteligente" y un borrachín la subió y la llevó en andas unos minutos. Ella ponía tremenda cara de orgullo y contó esa anécdota miles de veces con un nivel de cancherismo interesante. La felicidad de cuando andaba allá en lo alto embanderada no me la voy a olvidar, como también que después unos llevaban un chancho con la camiseta de Boca y no había quién le calmara el llanto a mi hermana que gritaba "pobre chanchito".
Cuando los festejos terminaron volvimos a casa y yo me saboreaba con cómo lo iba a cargar a Emiliano al otro día en la escuela, que me había vuelto loca toda la semana.
Mamá y papá tomaron un café y nos mandaron a la cama. Yo me fui a la pieza y cuando me saqué la tira diagonal de papel crepe me di cuenta que me había coloreado perfectamente la remera blanca con un tono rosa rojizo. La felicidad me había hecho una camiseta que puesta me miré varias veces en el espejo hasta que el próximo lavado hizo lo suyo.