26/10/11

leyendo a Mario

Leo un libro de Mario Ortiz que va a salir en La Propia Cartonera pero que todavía ninguno de uds o quizá solo un grupo reducido apegado al autor, han leído.
El libro ahora es un archivo de word de 27 páginas escritas y una 28 en blanco. Times new roman tamaño 12. Tiene interrupciones en otras tipografías, citas y un par de recuadritos que imitan rótulos. En la página 8, como al medio, la letra está inclinada y en bordó.
Me llevó unos días leerlo y googleando bastante. Tuve que parar varias veces y acordarme de ciertas cosas, o pensar en que las tapas las podría hacer Leti con fotos estenopeicas, o recordar como es que mi abuela guarda una serie de objetos viejos, perfectamente ordenados y de manera pulcra en un garaje que seguramente nunca más vuelvan a sus funciones natales.
En el tránsito de la lectura veo a Brecht, a Groppa y a un poeta uruguayo que se llama Elder Silva. Pero los veo yo como otros lectores ven a otros.
A Elder lo conocí en la cartonera en Montevideo. Cuando lo escuché hablar le dije a Gonzalo que él y Mario Ortiz debían conocerse. Querer que dos desconocidos entre sí se hagan amigos es algo que me sale con demasiada facilidad, debería regularme a veces. Gonzalo no conocía a Mario personalmente y yo no era novia de Gonzalo. De Gonzalo me pude haber enamorado ese día, porque Elder se empezó a acordar de una canción que se llama Río de los pájaros y Gonzalo la empezó a cantar. Y me acuerdo del momento y de Gonzalo cantando con una nitidez hermosa así que posiblemente me haya enamorado ahí. Después de que nos pusimos de novios y él vino acá a vivir, yo espío los libros que le mandan para editar con antelación. Así leí Mixtura de Groppa y leo ahora el de Mario. Gonzalo conoció a Mario acá e incluso el otro día Ortiz nos comentó que quisiera hacer un encuentro con poetas uruguayos cambiándose la camiseta. También nos pidió el libro cartonero de Elder. Deberíamos hacer uno para darle porque el único que hay en casa es uno que Elder hizo el día de Río de los pájaros y dice mi nombre en la dedicatoria.

Río de los Pájaros era interpretada también por Jorge Cafrune, quien según me contaron estuvo un tiempo en Burato, unos meses, cuando era joven. Se enamoró de una mujer que montando el caballo le pasaba el trapo a los dioses y tenía un pelo rubio ceniza muy largo que flameaba al galope. Se enamoró perdidamente y estuvo viviendo con esta chica mucho más joven que él.
Según mi abuelo en la zona no había mujer más hermosa que ella y más habilidosa para pialar, decía que él que no se daba vuelta para admirarla estaba loco de la cabeza.
Mi abuelo tenía un gusto particular por reutilizar objetos viejos y refundarlos una y otra vez, pero no conocía la palabra reciclaje y nunca se la hubiera aprendido por gusto. Tomaba mate calentando el agua al fuego, en una lata atravesada horizontalmente por un alambre que se continuaba unos 25 cm más hacia el vacío en forma de mango. Tenía tanto hollín para cuando conocí esa lata / pava que no hubiera podido deducir de qué era en su vida anterior, ni yo ni Mario Ortiz en realidad. Puedo imaginarme a Mario si quiero, hurgando las cáscaras negras (que los japoneses llamarían wabi sabi pero que mi abuelo jamás llamaría así aunque conociera el término, por gusto) de la lata sucia para examinar su procedencia.
En el avance de la lectura de su libro, me detuve un tiempo en las descripciones tremendamente minuciosas de las fachadas, etiquetas y rótulos de cada objeto viejo que el yo poético encuentra en un gallinero. En un momento, la descripción es tan perfecta y detallada que te parece que no es cierto que Mario usa lentes con aumento para ver como el resto, sino que ve como el resto y usa unos lentes con aumento para sacar ventaja a nosotros, el resto de los mortales, para investigar excepcionalmente.
Cada pieza vieja en el corpus está tan atravesada y tan delineada por ese ojo, que podemos verla, tocarla, y sentir en las manos esa incomodidad de partículas de óxido en la yema de los dedos, seña de haber manoseado y examinado algo que si se toca, por mérito de edad, va a dejar una marca en las huellas digitales, como cuando te callaban en la mesa porque hablaba un viejo, como llevarse un vestigio de sensación cuando declama un sabio de edad, o como letra Times new roman 12 manchada de bordó, como al medio, en la página 8.
Ayer estaba leyendo y vino Gabriel, así que dejé el cursor adrede en donde debía continuar. Gabriel me empezó a hablar de que está filmando una película sobre su madre. Una mujer de campo, famosa por su belleza y por ser dueña de mucho campo y peón a la vez. La mamá de Gabriel, Graciela, fue contemporánea y vecina podríamos decir, de la mujer de la que se enamoró Cafrune. No sé si se conocieron, pero ojalá haya existido alguien con la intención de que dos personas desconocidas entre sí, pero muy parecidas (como Mario y Elder) no deben perder el tiempo y conocerse para entablar una amistad.
Cuando me contó de la película le dije que debía ver una antes, cuya trama factiblemente no tenga nada que ver con la de su madre pero se desarrolla en un ámbito rural y la fotografía es muy interesante. Le comenté que lo que me gustaba era que viéndola yo podía escuchar a las gallinas, oler a bosta y escuchar el ambiente ralo, cuando las estrellas se ven más que en ningún otro lugar en el mundo y las constelaciones brillan hasta morir con interrupciones de mugidos y algún otro ruido de motores que pasan por una ruta que está medio cerca, medio lejos.
No puedo pegar unas partecitas del libro de Mario aún porque todavía no salió y yo leo de contrabando, pero sí esto que leyó en el cine Plaza el otro día y que seguramente integrará el corpus.

1- Las flores y las estrellas copulan en la misma oración. Luego del punto, se pueden cerrar los ojos y sólo queda el aroma.

La lectura en el cine Plaza el otro día estuvo increíble. Oír en la casi oscuridad de un lugar grande, alto, sobre todo alto, ver leer al poeta cerca de un punto lumínico estratégicamente pensado, como una vela, una estrella o el agujero de 3 o 4 milímetros del fondo de una cafetera vieja, hallada en un gallinero, oxidada. Ver leer al poeta desde el fondo oscuro del cine Plaza o también, una cafetera vieja, oxidada y violada en el fondo, por un agujerito que filtra el mundo exterior, que vela el mundo exterior en el ojo del poeta, que se ha llevado esa cafetera a los ojos y mientras lee, mira al público y ya no se sabe si conversa, si lee prosa, si comenta o si está presentando un estudio sobre objetos viejos que no están en el cine, no están en su juventud ni en su primer vigencia, pero están revelándose desde la hoja cercana a la luz, allá en fondo, del escenario, de la cafetera.

8 comentarios:

Eva dijo...

Qué lindo texto, Alfonsina! Y qué bueno que estén por editar al querido Mario!

Lucre (Fri.) dijo...

Fon te leo y me sonrío imaginándote en frente mio haciéndolo con esa calma que te caracteriza...me encantó!!

Anónimo dijo...

:) gracias por el piropo muchachitas!
Y si, Eva, es un orgullo tremendo para al editorial además.
besote a ambas
fon

Pao dijo...

Fon, sabés bien que cada vez que hablás de campo, a mi se me pianta un lagrimón...lo viví y lo vivo como vos! Algún día yo contaré mis "historias" y vos, le das esta "forma" hermosa!

mario ortiz dijo...

con permiso, dijo José Larralde.
Te agradezco enormemente la lectura que hacés en este maravilloso texto.
Son de las cosas que a uno le dan ganas de seguir escribiendo las huevadas que uno hace.
lo que decís acerca de mis ojos y mis lentes transforman mi cuerpo de un modo impensado: le devuelven más visión que cualquier oculista que pueda consultar.
un abrazo a vos y a todos tus lectores!!

Aarón Mendoza dijo...

que chido que haya apoyo entre artistas, me intereso leer un poco a mario, ojala luego puedan publicar algo mas o alguna presentacion del libro

alfonsina dijo...

Mario: honorazo que pases por acá!

Aarón: Hay que leer a Mario! A la pronta sale su libro en La propia. Ya te vas a enterar. Beso y gracias por pasar!

Anónimo dijo...

que lindo fon. vos y tu manera de leer :) meli depetris